LA LEXICOGRAFÍA ACIENTÍFICA: ALGUNAS NOTAS SOBRE LOS OTROS DICCIONARIOS[1]

José Antonio González Salgado

[Comunicación presentada en el I Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica, Universidade da Coruña, 14-18 de septiembre de 2004]

    Ha llegado un momento en que tenemos diccionarios casi para todo. Entre los poco comunes, podemos citar los del impuesto sobre la renta de las personas físicas, de la alimentación animal y la fabricación de piensos compuestos, del diablo, de mitos y símbolos del nazismo, de mujeres pintoras en la España del siglo XIX, de relojeros de España y Portugal, de los discursos del Papa, de símbolos masónicos, de medicación herbaria, y otros muchos que incluirían a todas las ciencias, artes, humanidades, técnicas y no tan técnicas, habidas y por haber. Se ha extendido la idea de que una disciplina no está consolidada si no cuenta con su propio diccionario, con una obra que dé prestigio a la materia de que se trate y ponga las cosas en su debido sitio[2].

    La mayor parte de estos diccionarios tienen una base científica común: son obras que proporcionan de forma objetiva —con mejor o peor criterio— las definiciones de las herramientas o conceptos de cada una de las disciplinas de las que se ocupan. La opinión del autor no influye en las definiciones, que son redactadas de manera aséptica, según recomienda, por ejemplo, Julio Casares (1992: 142-143):

    [El lexicógrafo] lo primero que tiene que ofrecernos es una ‘equivalencia’ del símbolo verbal analizado, pero una equivalencia puramente conceptual, es decir, redactada en términos neutros, lógicos, intelectuales, que no hablen al sentimiento ni a la imaginación. [...] En su vida privada, en sus ratos de ocio, el redactor de un diccionario puede escribir páginas coloristas, inventar arriesgadas metáforas, componer versos gongorinos o sentar plaza de humorista; puede, en suma, dar curso libre y expresión cumplida a su particular idiosincrasia y crearse un estilo que lleve el sello inconfundible de la personalidad de su autor; pero todo esto deberá dejarlo en el guardarropa antes de entrar en la oficina lexicográfica. Porque esas ‘equivalencias’ de que hablábamos antes, y que en lo sucesivo llamaremos ‘definiciones’, no responderán adecuadamente a su fin mientras no sean inertes e incoloras, mientras no estén concienzudamente esterilizadas de todo germen capaz de originar un efecto estilístico.

    Eso es lo que ocurre en la mayoría de los diccionarios. Sin embargo, existen otros que buscan intencionadamente salirse de lo común, rompiendo las máximas sagradas de la lexicografía al ofrecer repertorios basados en la opinión personal del autor, apoyándose en elementos subjetivos cuando se proponen las definiciones. En los diccionarios en que vamos a reparar en esta breve contribución se busca todo lo contrario de lo que Casares considera preceptivo: huyen de la objetividad, presentan la visión personal del autor, utilizan ironías, sarcasmos, metáforas y demás figuras estilísticas y, sobre todo, se caracterizan por compartir una intencionalidad lúdica. No son diccionarios de consulta sino de lectura, con lo que se viola también otra de las premisas de la lexicografía científica, según la cual el diccionario ha de ser tenido como un elemento auxiliar, una herramienta a la que acudan los usuarios para resolver dudas[3].

Los precursores

    Varios y muy antiguos son los antecedentes que se pueden proponer de las obras lexicográficas acientíficas o subjetivas actuales. En primer lugar, los propios diccionarios de base científica: el Tesoro de Covarrubias, el Diccionario de Terreros y el Diccionario Nacional de Domínguez, fundamentalmente. En segundo lugar, los repertorios decimonónicos que se construyeron bajo tono de burla o comicidad: el Diccionario razonado, manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España, de autoría dudosa[4], el Diccionario crítico-burlesco de Gallardo y el Diccionario cómico taurino de Media-Luna[5].

    La personalidad del autor es un elemento que difícilmente se puede camuflar en ciertas obras lexicográficas. En el Tesoro de Covarrubias, por ejemplo, según ha puesto de manifiesto recientemente Azorín Fernández (2000: 129), las «ingerencias personales del autor en la redacción de los artículos» suponen «un paso atrás respecto del rigor que más de un siglo antes había mostrado Nebrija». Y algo parecido se puede decir del Diccionario de Terreros, en el que para Echevarría Isusquiza (2001: 371-372):

    Al lado del discurso predominantemente neutro, que presenta los hechos y saberes que enuncia como objetivos o ajenos, son muy numerosas las ocasiones en que el sujeto enunciador, el autor del diccionario, se manifiesta abiertamente, expresando opiniones o refiriendo experiencias, y también mediante diversos elementos lingüísticos que en el texto indican la implicación del sujeto.

    Pero el diccionario en el que más se deja sentir la personalidad del autor es, sin duda, en la obra de Ramón Joaquín Domínguez, sobre la que Manuel Seco (1987: 176) dice:

    Las definiciones jocosas, las bromas a costa de la Academia, los comentarios satíricos, los juicios de valor sobre instituciones e ideologías, son elementos que, alternando, en proporción desigual pero nunca alta, con los contenidos lexicográficos objetivos, representan en el Diccionario manual la burlona, inquieta, vivaz, contestataria personalidad de su autor.

   Los primeros diccionarios construidos íntegramente en tono de burla, satíricos o con intenciones distintas de las de los diccionarios tradicionales son producto del siglo XIX. A falta de una historia de esta lexicografía acientífica, parece que el privilegio de ser el primer repertorio de esta naturaleza recae en una obra publicada en Cádiz en 1811, un folleto de ideología absolutista titulado Diccionario razonado, manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España[6]. Como acertadamente expone Pérez Vidal (1994: 26-27):

    La obra no se limita a tratar las cuestiones más directamente políticas consideradas hasta  aquí, sino que aborda también, al amparo del desorden alfabético, asuntos doctrinales y de pensamiento. Irónicamente trata de ridiculizar las ideas de los liberales sobre el «Alma», la «Salvación» o la «Providencia», manifiesta su condena de las ciencias de la naturaleza en voces como las dedicadas a la «Geología» o la «Fisiología» y expresa también su no menos enérgico rechazo de nacientes ciencias de la sociedad como la «Aritmética política» o la «Economía política».

    Veámoslo en un par de ejemplos:

    Filosofía: Ciencia del charlatanismo, o sea, fluxo de hablar de todo sin entender de nada. Es  muy común en nuestros días, y versa comúnmente sobre materias de religión, que descifra con una risita, un gesto o un ademán de desprecio.

    Aritmética política: Sus principios o elementos son del todo contrarios a los de la  Aritmética vulgar; pues en ésta, dos y dos son cuatro, a lo menos en toda tierra de garbanzos; pero en la política dos y dos no son cuatro sin que yo pueda decir si son cinco o son siete, porque no he podido averiguarlo por más diligencias que he hecho.

    Como réplica a este diccionario, el bibliófilo extremeño Bartolomé José Gallardo publicó en 1812 una obra —también de marcado carácter acientífico— bajo el título de Diccionario crítico-burlesco, con la única intención de reinterpretar los supuestos del Diccionario razonado (Bajo Pérez, 2000: 133). Gallardo califica el folleto absolutista del que parte como «una continua invectiva contra la filosofía y la razón humana (...), un buscapié lanzado a los incautos para ver si a alguno se le enreda la culebra» (Gallardo 1994: 62). Las afirmaciones liberales de Gallardo sobre política y religión, plasmadas en definiciones como la de cristianismo («el cristianismo de muchos cristianos es en el día como el patriotismo de algunos patriotas, en quienes el ponderado amor a la patria, no es más que el puro amor a su conveniencia») o frailes («siempre han sido la peste de la república tanto en los pasados como en el presente siglo»), desencadenaron un proceso judicial que culminó con el ingreso en prisión del autor durante tres meses.

    El Diccionario cómico-taurino es obra de Paco Media-Luna, pseudónimo bajo el que se esconde el arquitecto Críspulo Moro Cabeza. Se publicó por primera vez en 1883, se reeditó al año siguiente, y —desde entonces— el libro estuvo sumido en el olvido; más de un siglo después, en 2001, la editorial Biblioteca Nueva lo ha vuelto a sacar a la luz. La intención del diccionario es doble, como el propio autor confiesa en el prólogo: «hacer pasar un buen rato a los lectores de la clase de seglares, y dar un mal rato a la clase de toreros, caso de que haya entre éstos alguno que sepa leer» (Media-Luna 2001: 29). La obra es la réplica, en tono jocoso, al Gran diccionario tauromáquico de José Sánchez de Neira. Al diccionario en sí le sucede una colección de frases taurinas ordenadas alfabéticamente y definidas también en clave humorística (cortarse el pelo, echar tapas y medias suelas, huirse de los toros, no hay quinto malo, etc.).

    La ironía, el sarcasmo, las dobles intenciones y las frases lanzadas como pullas contra los toreros son las características más sobresalientes de este diccionario, para el que el coraje se define como «ardimiento para tirarse a matar, según la mitología. La significación moderna es: impulso del diestro para tirarse... al callejón»; o farolear, «ponerse como puntal en la Carrera de San Jerónimo, sosteniendo la fachada del café Imperial, para decir una tontería a cada mujer que pasa. En este ejercicio son hábiles todos los toreros».

Los diccionarios acientíficos actuales

    La lista de los diccionarios que en los últimos años han roto los moldes establecidos por la lexicografía es muy extensa[7]. Hay que hacer notar, sin embargo, que no todos los diccionarios acientíficos que se escriben en España son acientíficos en el mismo grado. Algunos parten de una base científica y se realizan con procedimientos habituales de la lexicografía, pero dejan entrever en numerosas ocasiones su separación con lo que muestran los diccionarios comunes. Buenos ejemplos de estas obras híbridas entre la lexicografía científica y la acientífica lo constituyen los diccionarios de Camilo José Cela, ejemplares en el tratamiento de las fuentes o autoridades que cita y en el desarrollo de las entradas, pero que evidencian la personalidad del autor en los discursos construidos en primera persona o en las adjetivaciones que utiliza para realizar algunas críticas[8]:

    Cojón [...] No deja de ser curiosa la permanente relación que, en el folk. esp., existe entre el clero y los atributos sexuales por lo común en óptimo señalamiento, evidencia que me limito a anotar ya que su estudio me apartaría no poco de mi propósito de hoy (Diccionario secreto).

    Pija [...] En la generación del 98, tan aséptica y puritana —quizá salvo Valle-Inclán— en la expresión como, en su tiempo, revolucionaria, no se reg. la palabra a nuestros efectos interesante (Diccionario secreto).

    Cortesana: La voz que considero la entiendo como definidora de la ramera de buenos modales, distinguida compostura, cultivada educación, etc. [...] (Diccionario del erotismo).

    Otro caso curioso de diccionario inusual, pero no estrictamente acientífico, es el del Diccionario de falsas creencias de Miguel Catalán, que como declara el autor «no consta de palabras que es preciso definir, sino de ideas que es preciso localizar» (Catalán, 2001: 34). Las definiciones de las entradas se hacen siempre de forma negativa, explicando lo que no es, ofreciendo las ideas erróneas que por superstición, costumbre o creencias se han desarrollado a lo largo del tiempo, como ocurre en estos dos ejemplos:

    Cerdos: Les gusta vivir en medio de la suciedad (si la pocilga estuviera limpia, les faltaría algo).

    Prostitución: 1. Las prostitutas nunca pueden retirarse del todo; ese oficio tiene un gusanillo que acaba haciéndolas recaer. 2. Pagan a los chulos por vicio.

    Entre los diccionarios propiamente acientíficos podemos establecer una doble división. Tenemos, por un lado, diccionarios en los que la definición no se ajusta a la realidad de lo que significa la entrada, es decir, en los que la definición supone una ruptura de la coherencia lingüística; y, por otro lado, diccionarios que presentan la realidad únicamente desde la visión personal del autor.

    Los diccionarios acientíficos por ruptura de la coherencia lingüística persiguen el absurdo a través de una falsa interpretación de la entrada. Son diccionarios cómicos, cuya única intención es la de divertir al lector mediante definiciones absurdas. En la nómina de estas obras sobresalen los siguientes repertorios: Diccionario cómico con el derecho de la mujer, de Antonio Martínez Gómez; Diccionario de la Irreal Academia de la Oreja, de Alberto Bastida; Diccionario del español eurogilipuertas, de Luis Díez Jiménez; Diccionario para pobres, de Francisco Umbral; Antidiccionario de la Real Academia Cómica de la Lengua, de Jacinto Gallego Lozano; Diccionario de la españología[9], de Luis Carandel; y Coz. Diccionario fantasma de la lengua española, de Alberto Caffarato.

    Vallisoletano: Que Tano va allí solo (Diccionario cómico con el derecho de la mujer).

    Ósculo: Beso que se da donde la espalda cambia de nombre (Diccionario de la Irreal Academia de la Oreja).

    Pollos: Insípidas aves que cuando comían estiércol eran sabrosísimas (Diccionario del español eurogilipuertas).

    Francisco (Umbral): Dícese del señor que se mete a hacer diccionarios sin tener puñetera idea de la cosa. Dícese del señor que escribe un diccionario para pobres con el fin de hacerse rico  [...] (Diccionario para pobres).

    Umbral, Francisco: Dícese de un señor que seguramente sale también en la letra F de este diccionario, que para eso es el autor y si le parece se pone todas las veces que quiera [...] (Diccionario para pobres).

    Muletilla: Hija pequeña de un mulato, que al hablar repite siempre una misma frase (Antidiccionario de la Real Academia Cómica de la Lengua).

    Corvejón: Es la parte de la pierna situada detrás de la rodilla que marca el límite hasta que se mete la pata (Diccionario de la españología).

    Dientes: Es el lugar donde se golpea uno con un canto cuando no le han salido las cosas tan mal como se temía (Diccionario de la españología).

    Cefalea: Dolor de cabeza repentino y violento que sufren algunas mujeres a la vista del falo de su pareja (Coz. Diccionario fantasma de la lengua española).

   Además, existe una subclase dentro de estos diccionarios, en los que —en muchas ocasiones— la entrada lexicográfica es manipulada por el autor, creando una palabra nueva que se acomoda a lo que supuestamente debería significar. En estos casos, por lo tanto, la ruptura de la coherencia lingüística no se da sólo en el plano semántico, sino también en el morfológico. Los repertorios que integran esta clase de diccionarios son El diccionario de Coll y el Diccionario Coll del siglo XXI, de José Luis Coll; el Vocaburrario de la Irreal Academia, de Francisco Fernández Ruiz; y el Diccionario caca-chondo del tercer milenio y el Nuevo diccionario para el tercer milenio de Daniel Zamora.

    Concienzurda. f. Persona que, al hacer examen de conciencia, se da cuenta de que es de izquierdas (El diccionario de Coll).

    Mendrugador. adj. El que pide limosna por la mañana temprano (El Diccionario de Coll).

    Ludóputa: Dícese del que gusta jugar de forma exagerada y constante con las putas (Diccionario Coll del siglo XXI).

    Impastor: Dícese de la persona que pretende hacerse pasar por una oveja (Vocaburrario de la Irreal Academia).

    Resbiana: Vaca que pasa olímpicamente de las corridas de toros (Diccionario caca-chondo del tercer milenio).

    VestiDura: Dícese de la ropita veraniega femenina que nos la pone algo más que morcillona (Diccionario caca-chondo del tercer milenio).

    Aeropuerco: Aeródromo donde a la clásica huelga de Iberia hay que añadir también la huelga de los servicios de limpieza (Nuevo diccionario para el tercer milenio).

   También resultan acientíficos por ruptura de la coherencia lingüística otros repertorios lexicográficos que, si bien no proponen en sentido estricto una realidad caracterizada cómicamente, sí introducen elementos que denotan alejamiento respecto a lo que debe ser una definición lexicográfica objetiva. En este apartado se incluyen los diccionarios infantiles de Gloria Fuertes escritos en verso, El abecedario de don Hilario y el Diccionario estrafalario; el Diccionario pánico de Fernando Arrabal, cercano a veces al estilo de las greguerías, otras al de los opúsculos filosóficos, pero salpicado siempre de genialidad surrealista; la obra de Ramoncín titulada Políticamente correcto o cómo decir las cosas sin llamarlas por su nombre, donde el autor acomoda al lenguaje vulgar vocablos y expresiones de registros idiomáticos más selectos o depurados, y ofrece definiciones personalísimas basadas en su ideología; y el polémico Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, de Pedro Fernández Barbadillo, en el que las entradas se definen bajo la óptica del nacionalismo abertzale.

    Lagartija: Cocodrilo enano / que se coge con la mano. / Vive entre las piedras, / sólo sale en verano. / Es un animal misterioso, / mágico parece / —si le cortas el rabo, / otro le crece—. / Come mosquitos (El abecedario de don Hilario).

    Abuelos: Padre de tus padres, / los tienes a pares. / Los niños que tienen abuelos / son más felices, / que los que comen perdices. / La abuela te cuenta cuentos, / el abuelo te da para el pipero (Diccionario estrafalario).

    Genio: Su obra es sólo la chatarra de sus sueños (Diccionario pánico).

    Matrimonio: El abyecto circunspecto afirma: «El matrimonio antiguamente era el ritual higiénico antes de ir a la cama; el matrimonio moderno es el ritual deportivo antes de dejar de ir a la cama» (Diccionario pánico).

    Hundimiento emocional: Depresión. Estar deprimido es una vulgaridad; en cambio, un «hundimiento emocional» da carácter al que lo padece y le sitúa en la órbita de la gente importante (Políticamente correcto).

    Cajero automático: Artilugio mecánico enemigo del pueblo vasco y traído a Euskal-Herria por la plutocracia bancaria. Sirve para quemar (Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos).

    El segundo tipo de diccionarios acientíficos es el que presenta la realidad desde la visión personal del autor. Suele tratarse de obras monotemáticas, escritas por personas muy conocidas y, al igual que en los casos anteriores, ajenas al mundo de la lexicografía científica. Son diccionarios que, como expresa Alfonso Guerra (1998: 11) en el prólogo al suyo, se basan en la libertad tanto para elegir los términos como para definirlos. Los representantes más destacados de este tipo de repertorios son: Diccionario del comunismo, de Jordi Solé Tura; Diccionario de literatura, de Francisco Umbral; Palabras que tienen historia, de Carlos Fisas; El Felipismo de la A a la Z, de Javier Ortiz; Diccionario de la izquierda, de Alfonso Guerra; Diccionario secreto de la Semana Santa, de Antonio Burgos; Diccionario esencial del fin de siglo, de Luis Antonio de Villena; y Diccionario del paro y otras miserias de la globalización, de José Antonio Pérez.

    Jarama (el): Su autor, Sánchez Ferlosio, hijo de Sánchez Mazas, a quien primero despreció y ahora venera, es autor que se inicia con Alfanhui, relato de infancia lleno de adivinaciones prematuras [...] (Diccionario de literatura).

    Hecatombe: Hoy en día se usa esta palabra para significar cualquier desgracia por pequeña que sea. Si el Lagartija Club de Fútbol pierde por cuatro a cero frente a su rival el Deportivo Sardina, se considera por los cronistas como una hecatombe sin saber el origen de esta palabra, que deriva del griego elaton y bous, que significan respectivamente cien y bueyes y que alude al sacrificio que de esta cantidad de animales se hacía, sea para aplacar la ira de los dioses, sea para agradecerles un gran beneficio [...] (Palabras que tienen historia).

    Castro (Fidel): [...] Quienes tienen oportunidad de conocerle, fácilmente quedan prendidos en sus redes, pues se trata de un seductor [...] (Diccionario de la izquierda).

    Madrugá: La noche por antonomasia, no solamente de la Semana Santa, sino de todo el Año Cristiano y Civil sevillano. La Madrugá quizá sea el único caso de los husos horarios de todo el mundo (que se vaya Greenwinch a coger caracoles) donde la Madrugá, por ejemplo, dura hasta que el sol está en su cenit, con tal de que ese cenit sea medido en el azimut de San Román, el Arco de la Macarena o la calle Pureza [...] (Diccionario secreto de la Semana Santa).

    Workhouse: [...] Con la salvedad de que a los desempleados actuales se les permite residir en sus propias viviendas, si es que las tienen, hay poca diferencia entre el espíritu que inspiró a los creadores de la workhouse y el que preside la actuación de los actuales responsables del INEM (Diccionario del paro y otras miserias de la globalización).

    En conclusión, los diccionarios acientíficos son diccionarios atípicos que se permiten todas las licencias prohibidas por la lexicografía objetiva. En ellos podemos encontrar, junto a entradas convencionales, definiciones de siglas, nombres propios, expresiones, palabras de otros idiomas, palabras flexivas de las que se toma la forma femenina o plural como base para definir, e incluso artículos de estructura panorámica, según los definió Manuel Seco (2000: 7-8) en el prólogo al Diccionario Coll del siglo XXI, en los que no se ponen barreras entre el definido y el definidor (Alavar: ‘porque está sucio’). Además, muchos de los diccionarios que hemos citado, no siguen en su estructura una ordenación alfabética de principio a fin, sino que se realizan agrupando los términos en los campos semánticos que tienen más interés para el autor (Diccionario de la españología, Diccionario fantasma de la lengua española, Políticamente correcto, etc.).

    Hasta la fecha, pese al éxito que algunos de estos diccionarios han obtenido entre el público[10], han pasado prácticamente inadvertidos para la teoría lexicográfica. La mayoría de los manuales ni siquiera los cita para ponerlos como ejemplo de lo que no debe hacerse cuando se planifican o se construyen diccionarios. Quizá haya que pensar que la definición que daba Camilo José Cela para la lexicografía puede tener alguna aplicación también para la teoría lexicográfica.

Bibliografía

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[1] Esta comunicación supone un adelanto muy limitado, parcial y de carácter introductorio de un trabajo titulado Historia de la lexicografía subjetiva española que estoy desarrollando actualmente.

[2] Winston Manrique, en un interesante artículo publicado el 8 de abril de 2001 en El País, afirmaba que «el anhelo por escudriñar en el pasado, en el fututo y en los enigmas sobre temas conocidos o inconfesables se ha intensificado en España. Y las respuestas las buscan los españoles en toda clase de diccionarios exóticos, que en los últimos cinco años se acercan al centenar. Ahora, junto a los diccionarios de María Moliner, el de la Real Academia o el Pequeño Larousse, están otros que exploran temas que van desde los mitos y enigmas, pasando por asuntos bíblicos y de supersticiones, hasta los que hablan de vicios e insultos». En este artículo cita, entre otros, el Diccionario de Mitología Universal (Espasa), el Diccionario de Jeroglíficos Egipcios (Alderabán), el Diccionario ilustrado de los monstruos (Olañeta) y el Diccionario de homosexuales, lesbianas y homoeróticos (Traficante de Sueños).

[3] «Un diccionario es y ha sido siempre un instrumento [...]. La lexicografía no es una ciencia, sino una técnica, o, como dirían los clásicos, un arte» (Seco 1987a: 49-50). Véase también Porto Dapena (2002: 35-37).

[4] Nicolás Díaz Pérez (1884-1888: 292) considera que un canónigo de apellido Ayala habría sido su único autor, mientras que Menéndez Pelayo (1978: 702) atribuye la obra a los diputados Freire Castrillón y Pastor Pérez.

[5] Otro antecedente de los diccionarios acientíficos actuales lo encontramos en las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, especialmente en aquéllas que suponen una definición concreta redactada en términos absurdos («la morcilla es un chorizo lúgubre»; «un cementerio es una gran botica fracasada», «Longevidad: saber dar largas al cobrador final», etc.). La extensión recomendada para este artículo impide que podamos detenernos en analizar pormenorizadamente el grado de influencia que las greguerías ejercen en los diccionarios subjetivos actuales.

[6] En la segunda edición —que es la que he podido consultar—, también de 1811, figura en la portada, además, la advertencia de que ha sido «aumentado con más de cincuenta voces y una receta eficacísima para matar insectos filosóficos».

[7] Partiendo del soporte material en que están realizados, se podrían distinguir dos grupos: los diccionarios en formato clásico (papel) y los diccionarios on-line. Internet se ha convertido en la alternativa para la publicación de repertorios que difícilmente o con costes muy elevados se podrían ofrecer en formatos clásicos. Unos buenos ejemplos de diccionarios acientíficos en la red son los siguientes: Diccionario enciclopédico de la Real Academia Kaótica de la Puebla de Híjar <http://geocities.com/SunsetStrip/Bistro/4655/diccionario_kaotico.html>, Diccionario Alkohólico <http://euskalnet.net/rubenp/diccionario.htm> y el Diccionario subjetivo, de Carlos Salinas y José Biedma <http://solotxt.brinkster.net/tabularium/dicc.htm>. También la prensa escrita es un apropiado vehículo de publicación de diccionarios subjetivos de corta extensión; véanse, por ejemplo, el «Diccionario de andar por casa», sobre la Exposición Universal de Lisboa, aparecido en un suplemento del diario El Mundo; el «Diccionario de la guerra en Irak» de Mempo Giardinelli, publicado en el diario argentino Página 12; o la sección «Palabros» que publica el suplemento Tentaciones del diario El País desde hace varios años, donde se recogen las definiciones absurdas que realizan los lectores a las palabras que el periódico propone cada semana.

[8] Téngase en cuenta la opinión que el autor manifiesta sobre la lexicografía: «La lexicografía —o arte de componer diccionarios— es la demografía —o arte de componer censos— de las palabras, y nada ha de importarle, a sus efectos, la conducta de las mismas palabras que registra. Una disciplina (?) infusa y amorfa, acientífica, convencional y todavía por bautizar, se ha irrogado en los diccionarios una función que no le compete pero que, no obstante, le ha llevado a repartir patentes y ejercer vetos con notorio peligro para la lengua misma. Y contra este peligro quisiera, con tanta humildad como convencimiento, salir al paso. No es otra la finalidad de mi esfuerzo» (Cela, 1971: 23-24).

[9] Aunque este diccionario también pertenece a la clase de los que presentan la realidad desde el punto de vista del autor, ya que combina las definiciones absurdas o cómicas con las estrictamente personales. Un ejemplo de ese segundo tipo de definiciones podría ser el que da para gallinejas: ‘Tripas fritas de cordero que se comen en muchos lugares, pero que son una especialidad de Madrid. Todavía quedan en la ciudad algunas gallinejerías exclusivamente dedicadas a servir este manjar que los castizos consideran exquisito. Además de las gallinejas se comen también, generalmente con mucho pan, entresijos y otras interioridades del cordero’.

[10] Por ejemplo, del Diccionario de Coll, entre 1976 y 1986, se realizaron treinta ediciones.

© José Antonio González Salgado, 2005

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